Mis manos como alas
volaban por los vientos de aquellos
campos cubiertos de flores.
Eran los aromas de una libertad
que embriagaban como vino,
pero que permanecían ausentes
de mi destino.

El río estaba cubierto de escombros,
ramas muertas
que yacían en su cauce.
Había una niña y un niño
que jugaban entre sus aguas,
con la inocencia de sus risas
aquel entorno impregnaban.

Una voz recia
la voz del niño hizo callar,
y con malévola mirada lograba hacerse escuchar.
Eran sus dominios
donde acosaba a la pequeña.
Quien con sus alas rotas, lastimadas,
jamás se atrevió a volar.

Y salí a los campos
impregnados de vida,
una vida que no me pertenecía.
Aromas de libertad y bonanza,
alrededor mío hacían una danza.

Deshojando margaritas
y en plegarias,
aquella niña imploraba
escapar del cautiverio.
Donde las aves del campo
con sus trinos confundían,
aquella triste realidad…

Que más que aromas de libertad…
Era su infierno.

© Esperanza E. Vargas